Las dimensiones del IME activan el potencial de mejoramiento e innovación de los programas, fortaleciendo su implementación. El índice se mide a través de 8 dimensiones: 4 intrasistémicas y 4 intersistémicas, es decir, de relación con el entorno. Para medir la efectividad, estas dimensiones se operacionalizan en subdimensiones e indicadores que identifican estándares para construir trayectorias de mejora.
Observar trayectorias requiere mirar el nivel de complejidad de los antecedentes de fallas sistémicas acumuladas, para desarrollar una línea base pertinente para los planes de intervención de un programa. Así, la dimensión de trayectoria pone el foco en la capacidad de gestión existente en el programa para interrumpir el daño y generar un circuito de oportunidades para los usuarios.
La dimensión de implementación (Modelo de Intervención) es un factor clave para medir el nivel de calidad de la gestión del programa. Su foco está en conocer el nivel de ajuste de sus enfoques y de sus instrumentos en los diversos momentos de intervención: el ingreso, el desarrollo y monitoreo de sus acciones, y el egreso del programa.
La autonomía de los equipos pone el foco en los niveles de seguridad y motivación que estos experimentan, así como en el grado de reconocimiento que obtienen al realizar su trabajo. Esta dimensión es sustantiva para el logro de la efectividad del programa: no es posible formar autonomía progresiva en los usuarios sin promover niveles adecuados de autonomía funcional en los equipos.
La confianza funcional pone el foco en las funciones, es decir, en el aumento o retroceso del grado de cumplimiento de roles, tanto a nivel de equipo como a nivel directivo. Generar un clima de confianza al interior del programa es una condición básica para el mejoramiento de la gestión.
Las condiciones básicas de operación ponen el foco en el grado de calidad de la gestión de soporte del programa: infraestructura, presupuesto y personal.
Condiciones territoriales: el éxito de la intervención depende de una conexión pertinente del programa con las ofertas del territorio, considerando la disponibilidad y calidad de servicios y los circuitos de oportunidades a los que pueden conectarse los usuarios, a nivel comunal, regional o nacional.
Coordinación funcional: el desafío de esta dimensión es la mejora de la coordinación entre programas y sectores, y al interior de cada programa, incorporando una perspectiva descentralizadora que contribuya a una coordinación ágil y efectiva.
Sistemas de regulación: su foco está puesto en el funcionamiento jurídico-normativo, presupuestario y administrativo.
Cada dimensión incorpora una rúbrica de tres niveles de efectividad: alerta (bajo el mínimo funcional), mínimo funcional (cumplimiento básico) y efectividad (implementación óptima). El sistema aplica un método de promedios jerárquicos que permite obtener análisis a nivel de indicador, subdimensión, dimensión y programa.
Los componentes que se transfieren son: el modelo de medición de la efectividad multidimensional (rúbricas) [PENDIENTE: completar, esta frase quedaba sin terminar en el original]; la plataforma de medición y reporte de resultados IME; el programa de formación para directores y equipos; y el sitio web de la institución, vinculado al sitio web del IME y del CLIPP.
Para asegurar la adopción del modelo en una organización se han diseñado etapas adaptables a cada tipo de usuario: diagnóstico organizacional y validación contextual, ajuste metodológico, adaptación de la plataforma tecnológica, formación de equipos, pilotaje, acompañamiento técnico y cierre.